La enorme estrella, el Titanic de nuestro sistema solar.
Nos podría engullir como quien roza una flor sin darse cuenta y hace caer todos los pétalos. Es increíble pensar que meteoritos llegan desde distancias inimaginables solo para impactar en el momento preciso, en el lugar correcto, destruyendo gran parte de la vida. Y, sin embargo, esta estrella, que podría ocasionar el fin de toda la vida, destruir su propio sistema entero de un solo golpe, aún no lo ha hecho.
Todo parece estar milimétricamente en su lugar. Es como si nos estuviera protegiendo. Es como en esa imagen en la que la estrella parece adorar que todos esos planetas estén siempre a su alrededor, completando sus vueltas, llenándolos de vida. Toda vida crece y se alimenta de ella desde hace millones de años. Un baile sin fin porque, al final, todo lo demás no importa. Sigan bailando, para que la vida brille hasta que la batería se agote.
Algún día se cansará de ser el centro de todo y se apagará. Pero hoy no nos toca. Hoy no nos rompe. No quiere hacerlo.
Es como una madre que cuida a su hijo para que no se caiga. Una madre que pone toda su atención en su cuidado. O, al menos, algunas madres. Pensemos en una madre sobreprotectora, como nuestra capa de ozono. Es como si el Sol tuviese especial cuidado con sus tormentas. Parece que las controla. Sabe que, algún día, una de esas tormentas será la más letal de todas, arrasando con todo.
El universo entero es como un cerebro en completa función, sabiendo cómo mover cada una de sus partes. Todas esas amenazas que llegan de repente, como los meteoritos, son como virus atacando: siguiendo su propia trayectoria natural, impactando y arrasando con todo.
Un virus de los malos.
Destrucción.
Caos.
Muerte.
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